El mes de diciembre se caracteriza por el ruido, la prisa y la falta de tiempo. El ritmo nos va envolviendo casi sin darnos cuenta.
Sin embargo, en medio de esa vorágine, aparece el símbolo del pesebre, una invitación a detenernos, a observar en silencio, a contemplar.
Y es allí donde la imagen nos transporta a nuestro interior, a nuestro propio pesebre. Un lugar donde el silencio nos conecta con el ritmo pausado de la propia naturaleza humana.
Y es allí donde observamos en la oscuridad de la noche las pequeñas luces que nos van guiando, al encuentro del Amor en su estado mas puro: representado en un niño, pequeño, indefenso y con toda la fuerza capaz de cambiar la mirada del mundo. Una madre y un padre que sostienen con ternura, firmeza y presencia. Los animales que dan calor.
Una madre que pone el cuerpo para entrar en este estado interior, un padre que sostiene desde el afecto y un niño que nos convoca a mirar lo sutil e intangible a desarrollar la espiritualidad que da sentido y trascendencia.
Y una vez más el mensaje del pesebre vuelve a interpelarnos, la humildad, la esperanza y la luz, pequeños gestos que nos recuerdan que el Amor vuelve, para renacer en cada uno de nuestros corazones.
¡Feliz Navidad que la luz de Belén brille a lo largo de todo el año!
navidad nochebuena # # # . .
